Como todos los años, llega el aciago 1 de septiembre, el día en que para muchos se acaban las vacaciones, y otros las empiezan, pero sobre todo el día que anuncia en principio el fin de esa gran época de solazo y esparcimiento que se llama verano. Y como no podía ser menos, para resaltar tan señalada fecha del calendario: llueve. Por fin, tras el verano más calurosos de los últimos no sé cuantos años (por alguna extraña razón el último verano siempre es el más caluroso) un frente borrascoso se ha atrevido a irrumpir en la cargante estabilidad anticiclónica de la meseta. Para aquellos que se incorporan al trabajo, será la señal de que se acercan tiempos peores; para los que se van a la playa, una putada de narices; pero yo, sin embargo, estoy feliz.
Y es que atisbar una nube en el cielo después de tanto tiempo es un síntoma de cambio pero también de que todo sigue igual, como una eterna recurrencia de las mismas idioteces. Los políticos siguen pegándose en público mientras satisfacen en privado sus estómagos ávidos de estatus y capital social. El Barça vuelve a ganar y el Madrid vuelve a... en fin, sobran comentarios. Las carteleras de los cines siguen estrenando las mismas comedias románticas con nombre distinto y en la calle la gente vuelve a coger el coche, el bus, el tren o la bicicleta para incorporarse de nuevo al maravilloso círculo de la rutina.
En el campo, un nuevo bosque ardiendo anuncia el lento e inexorable paso hacia la desertización, mientras las praderas ocres y las tierras de cereal contrastan con el intenso verdor artificial de los campos de golf. Si es necesario extinguir otra fuente subterránea para que los ricos puedan mejorar su swing no hay ningún problema, pero eso sí, mientras el resto del mundo seguiremos reciclando para que las empresas entierren la inmundicia en los vertederos al lado de nuestras casas.
Siempre hay nuevas noticias, pues Obama parece haber decidido retirarse de Irak, que ahora es llamado pueblo soberano, mientras Sarkozy explora el funesto camino hacia el racismo y la xenofobia expulsando de su país a los gitanos rumanos; perdón, que es una deportación voluntaria. Lo último es ver como Zapatero inaugura en Shanghai una especia de bebé gigante de nombre Miguelín que provoca sensaciones entre el pánico y la repulsión. Al parecer es un ejemplo del envidiable sector de I + D español, pero eso sí, diseñado por Isabel Coixet.
En fin, que todo sigue igual pero vuelvo a repetir lo mismo. Al menos, hoy llueve.
Foto de Crossie

















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